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Una conversación con un ceramista sobre el oficio y el barro

Francisca Araya

5 minutos de lectura

Francisca Araya conversa con Hernán, ceramista de la zona, sobre cómo aprendió el oficio, qué ha cambiado en su taller y qué espera de la temporada que comienza.

Una conversación con un ceramista sobre el oficio y el barro

Un taller al final de la calle

Llegué al taller de Hernán a media mañana, con el sol de principios de primavera entrando por la puerta abierta. Lo encontré amasando barro sobre una mesa de madera gastada, con las manos cubiertas de una capa gris que parecía parte de él. Hace más de treinta años que trabaja la cerámica en este mismo local, y se nota en cada rincón: estantes con piezas a medio secar, un horno de ladrillo que él mismo ayudó a levantar y una radio que suena bajito mientras trabaja.

Le pedí que conversáramos sin apuro, como se hace en esta sección. Aceptó con una condición: que no dejáramos de trabajar mientras hablábamos. Así que la entrevista se fue armando entre pausas, el sonido del torno y el olor a tierra húmeda. Las respuestas que siguen están ordenadas y ligeramente abreviadas, pero conservan su manera de decir las cosas.

¿Cómo empezó con la cerámica?

Mi primera pregunta fue la más simple: cómo llegó al barro. Hernán se rió y contó que no lo eligió del todo. De joven ayudaba a un vecino que hacía ollas y fuentes para la cocina, y lo que partió como un favor de fin de semana terminó siendo su oficio. Recuerda que las primeras piezas se le torcían o se rajaban en el horno, y que el vecino nunca le dijo que lo estaba haciendo mal, solo que mirara otra vez.

Según él, ese aprendizaje paciente es lo que más echa de menos. Hoy todo parece tener que salir rápido, pero el barro tiene su propio ritmo y no se deja apurar. Me dijo que sus mejores años fueron aquellos en que aceptó esperar un día más antes de abrir el horno, aunque la ansiedad lo empujara a hacerlo antes.

¿Qué ha cambiado en estos años?

Hernán lo piensa un rato antes de responder. Dice que ha cambiado la gente que llega al taller: antes venían sobre todo vecinos a buscar lo que necesitaban para la casa, y ahora también pasan personas que quieren aprender, mirar o simplemente conversar. Le gusta esa curiosidad, aunque reconoce que a veces le quita tiempo de trabajo.

También menciona el cuidado de los materiales. Antes se conseguía el barro en lugares cercanos y hoy hay que planificar mejor de dónde viene y cuánto se necesita. No quiso entrar en detalles sobre costos, pero sí insistió en que prefiere trabajar con pocas piezas bien hechas que con muchas apuradas. Esa decisión, cuenta, le ha traído menos ventas pero más tranquilidad.

¿Qué le enseña a quien llega por primera vez?

Cuando alguien se acerca por primera vez, Hernán empieza siempre por lo mismo: pedirle que sienta el barro antes de intentar darle forma. Dice que la mayoría quiere hacer una taza de inmediato, pero que primero hay que entender cuánta agua aguanta, cuándo se pega a las manos y cuándo se resiste.

Me mostró cómo centra una bola de arcilla en el torno, con movimientos lentos y casi sin fuerza aparente. Explicó que la fuerza no sirve de mucho y que lo importante es la quietud de los codos y la respiración tranquila. Lo comparó con aprender a caminar de nuevo: al principio incomoda, después se vuelve natural y uno ya no se acuerda de cómo era antes.

  • Sentir el barro antes de darle forma
  • Mantener los codos quietos en el torno
  • Aceptar que las primeras piezas se tuercen
  • Esperar el tiempo de secado completo

¿Qué lo mantiene en el oficio?

La respuesta de Hernán fue breve y la dijo sin mirarme, concentrado en la pieza que tenía entre las manos. Dijo que lo mantiene la sorpresa: cada vez que abre el horno, algo salió distinto a lo imaginado, y a veces mejor. Esa incertidumbre, que para otros sería un problema, es para él la parte más viva del trabajo.

Agregó que también lo sostienen las personas que vuelven. Hay quienes compraron un plato hace años y regresan para pedir otro igual, o para mostrarle cómo ha envejecido el esmalte con el uso. Le emociona saber que sus piezas viven en cocinas ajenas, entre comidas familiares y rutinas que él nunca verá, pero que de algún modo acompaña desde su taller.

¿Qué espera de esta temporada?

Con la llegada de la primavera, Hernán dice que el taller cambia de ánimo. Se abren las puertas, entra más luz y el barro seca mejor, lo que le permite avanzar con más piezas a la vez. Espera aprovechar estas semanas para ordenar el espacio y preparar algunas series que tiene pendientes desde el invierno.

Le pregunté si tenía algún mensaje para quienes quieran acercarse al oficio. Pensó un momento y respondió que lo mejor es empezar por mirar a quien lo hace bien, preguntar sin vergüenza y aceptar que se aprende con las manos sucias. Después volvió al torno, y yo apagué la grabadora para dejarlo trabajar en silencio.

Salí del taller con la ropa llena de polvo fino y la sensación de haber escuchado a alguien que no tiene apuro. La conversación con Hernán recuerda que un oficio se sostiene en la paciencia, en la atención a lo pequeño y en las personas que lo rodean. Seguiremos buscando estas voces cercanas para contar, con calma y respeto, cómo se vive y se trabaja en nuestro entorno.

Me gustó que la conversación no fuera apurada. Pude contar mi oficio con mis propias palabras y después leerlo tal como lo dije, sin adornos ni cambios.
Hernán PCeramista con taller propio en la zona

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