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Una pescadera de caleta cuenta cómo se mira un pueblo desde adentro

Matías Cortés

5 minutos de lectura

Conversamos con Marta, vendedora de pescado en una caleta del norte, sobre qué debería mostrar una fotografía de su pueblo y qué conviene que el visitante deje de lado.

Una pescadera de caleta cuenta cómo se mira un pueblo desde adentro

Por qué quisimos conversar con alguien de la caleta

En Miradas Locales solemos llegar a un pueblo con una cámara y una libreta, y nos vamos con la sensación de haber visto apenas una parte. Esta primavera quisimos invertir el orden y preguntarle a una persona que vive y trabaja en una caleta del norte cómo se ve su lugar cuando uno no está de paso. Marta vende pescado y mariscos en un puesto cerca del muelle desde hace más de veinte años.

No es fotógrafa ni periodista, y justamente por eso su manera de explicar qué vale la pena mirar nos pareció útil para quienes preparan un reportaje visual. La conversación fue breve, de pie junto al puesto, entre clientes que preguntaban por el precio del día. Aquí la presentamos en preguntas y respuestas, editada solo para que se lea con claridad y sin perder su forma de hablar.

Primera pregunta: ¿qué es lo que casi nadie fotografía?

Marta responde sin pensarlo mucho: la hora anterior al amanecer. Cuenta que a esa hora los botes ya salieron o están por salir, las mujeres preparan el hielo y los cajones, y hay un silencio que el visitante nunca conoce porque llega cuando el pueblo está en plena actividad. «La gente viene a mediodía, cuando hay sol bonito y los botes están quietos en el agua.

Pero el trabajo de verdad se hace con frío, antes de que salga la luz», nos dice. Para ella, una foto del muelle vacío al mediodía cuenta poco de cómo se vive allí. Le preguntamos si esa hora temprana es incómoda para alguien que llega con una cámara. Reconoce que al principio sí, pero asegura que si uno se presenta, explica lo que hace y vuelve más de una vez, la gente termina acostumbrándose y hasta ofrece un café.

Segunda pregunta: ¿cómo debería presentarse quien llega a retratar?

Su consejo es simple: hablar primero y fotografiar después. Marta cuenta que en la caleta todos se conocen y que un extraño que saca fotos sin decir una palabra se nota de inmediato, y no deja buen recuerdo. Sugiere preguntar quién es la persona que lleva más tiempo en el lugar y empezar por ella.

Esa conversación, dice, abre las puertas que ninguna carta de presentación abriría, porque en un pueblo pequeño la confianza se hereda de boca en boca. También pide que se avise cuando una imagen va a publicarse. No lo plantea como exigencia, sino como cortesía: «Uno quiere saber dónde va a salir su cara, y si puede ver cómo quedó». En nuestra redacción ya trabajamos así, pero escucharlo de ella nos recordó por qué importa.

  • Presentarse con nombre y propósito antes de levantar la cámara
  • Volver más de una vez al mismo lugar
  • Avisar cuando la imagen se vaya a publicar

Tercera pregunta: ¿qué cambió en la caleta en estos años?

Marta habla del cambio con calma, sin nostalgia exagerada. Menciona que hay menos botes que antes, que algunos jóvenes se fueron a estudiar a la ciudad y que los que se quedan piensan distinto el oficio. También cuenta que han llegado visitantes en temporada, lo que ayuda a vender pero altera el ritmo de los días.

Le pedimos un ejemplo concreto y habla de la feria que se arma los fines de semana, donde antes solo había vecinos y ahora se mezclan con gente de otras ciudades. «Es bueno que vengan, pero hay que cuidar que no se pierda lo nuestro», dice. Para quien fotografía, esa mezcla es una oportunidad delicada: mostrar la convivencia sin convertir al pueblo en postal. Ella cree que las mejores imágenes son las que muestran el trabajo y el trato entre personas, no el paisaje solo.

Cuarta pregunta: ¿qué le gustaría ver en una publicación

Responde que le gustaría ver a la gente de siempre y no solo a los más llamativos. Habla de los buzos, de las mujeres que pelan y limpian, de los hombres que reparan redes en silencio, personas que según ella casi nunca aparecen porque no hacen ruido. También menciona los nombres. Para Marta, una foto sin el nombre de quien aparece en ella queda a medias.

«Si me van a mostrar, que digan quién soy», comenta, y sonríe mientras ordena unos cajones. Esa petición coincide con una práctica que mantenemos en la publicación: acompañar cada imagen con el nombre de la persona, su oficio y el lugar, siempre con su consentimiento. Es una manera sencilla de devolver algo a quienes nos reciben y de evitar que el retrato quede anónimo.

Última pregunta: ¿qué consejo daría a quien visita una caleta?

Su respuesta más larga llega al final. Pide que el visitante compre en los puestos, que pregunte antes de curiosear en las embarcaciones y que no trate el lugar como un escenario. Según ella, un pueblo de pescadores es un lugar de trabajo antes que un paisaje. Agrega que conviene ir sin apuro.

Quien se queda una mañana completa, conversa con alguien y vuelve al día siguiente, entiende más que quien recorre todo en una hora con la cámara colgando. Nos despedimos con la idea de que esa paciencia es también lo que buscamos en cada reportaje de esta rúbrica. Agradecemos a Marta su tiempo y su franqueza, y a la caleta por dejarnos acompañarla durante un rato de su jornada.

Escuchar a Marta nos dejó una idea clara para los próximos reportajes de Miradas Locales: llegar temprano, presentarse bien, nombrar a las personas y volver. Una caleta no se entiende en una visita, y quienes viven allí tienen mucho que enseñar a quien quiera contarla con respeto. Seguiremos buscando esas voces, porque son las que nos recuerdan por qué hacemos este trabajo.

Nos escribieron antes de llegar a la caleta, conversaron con varias familias y volvieron a mostrarnos las fotos. Se sintió como una visita, no como una cobertura apurada.
Rosa MVecina de una caleta de la región de Coquimbo

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